Cada 21 de junio, el regreso del sol anuncia un nuevo ciclo para los pueblos originarios que habitan este territorio desde mucho antes de la existencia del Estado de Chile. El We Tripantu del pueblo mapuche, el Willka Kuti del pueblo aymara, el Inti Raymi de las comunidades quechuas y el Aringa Ora o Koro del pueblo rapanui son distintas formas de celebrar un mismo acontecimiento: el solsticio de invierno, momento en que la naturaleza se renueva y la vida vuelve a comenzar.
Aunque cada pueblo tiene sus propios ritos y símbolos, todos comparten la esencia de este día: honrar la memoria, agradecer la vida y proyectar esperanza hacia el futuro. Por eso, el 21 de junio no pertenece a un solo pueblo, sino a todos los pueblos originarios de Chile, reconocidos por la ley como parte fundamental de nuestra historia y diversidad.
La historia de estos pueblos ha estado marcada por la resistencia: frente al despojo de sus tierras, la negación de sus lenguas y cosmovisiones, las políticas de asimilación que intentaron borrar su existencia, la criminalización de sus demandas y la exclusión de los espacios donde se deciden asuntos que afectan directamente sus vidas.
Cada derecho conquistado ha tenido un costo. Detrás del reconocimiento legal, de la incorporación de la interculturalidad en las políticas públicas, del derecho a la consulta, de los avances en salud con pertinencia cultural, de la revitalización de las lenguas ancestrales y de los liderazgos indígenas especialmente de mujeres, jóvenes y personas mayores hay décadas de organización, movilización y lucha colectiva. Nada de esto fue un regalo.
Los derechos que hoy existen son fruto del esfuerzo de generaciones que sostuvieron la memoria cuando se les quiso borrar, que defendieron sus territorios cuando se les intentó despojar y que insistieron en su dignidad cuando se les negó incluso el reconocimiento como sujetos de derechos.
Pero la historia también nos recuerda que todo avance es reversible si no lo defendemos. Hoy vemos cómo resurgen discursos que relativizan los derechos colectivos, cuestionan las políticas de reconocimiento y presentan como “privilegios” las medidas que buscan reparar desigualdades históricas. Se debilitan programas, se instala la falsa idea de que garantizar derechos diferenciados rompe la igualdad, cuando en realidad son estas herramientas las que permiten avanzar hacia una igualdad sustantiva.
No es un debate técnico: es decidir qué sociedad queremos construir. Porque cuando se reducen los espacios de participación, cuando se deslegitiman las demandas de los pueblos originarios, cuando se desconoce la necesidad de políticas específicas para enfrentar desigualdades estructurales, lo que está en juego es el principio de no regresividad de los derechos colectivos: aquello que tanto costó conquistar no puede ser desmantelado por la contingencia política ni por discursos excluyentes.
En salud pública, este desafío es especialmente urgente. La interculturalidad no puede quedar en una declaración simbólica ni en una ceremonia anual. Debe expresarse en prácticas concretas: respeto a los saberes ancestrales, atención libre de racismo, participación efectiva de las comunidades, estrategias territoriales pertinentes y reconocimiento de diversas formas de entender el bienestar, la enfermedad y el cuidado.
Retroceder en estos principios no es volver a cero: es regresar a modelos que invisibilizaron y negaron la voz de quienes debían ser protagonistas de las decisiones sobre su propia vida.
Conmemorar este 21 de junio exige más que celebrar. Exige asumir una responsabilidad ética y política con la memoria. Reconocer que los derechos de los pueblos originarios son inseparables de la lucha por una sociedad democrática, inclusiva y respetuosa de la dignidad humana.
Desde Fenpruss reafirmamos nuestro compromiso con la defensa de una salud pública intercultural, la promoción de la participación efectiva de los pueblos originarios y la protección del principio de no retroceso en materia de derechos colectivos.
Entendemos que la defensa de los derechos de los pueblos originarios es también una tarea del movimiento sindical: no es posible hablar de trabajo decente, salud pública de calidad y democracia plena si persisten el racismo, la exclusión y la negación de derechos hacia quienes han habitado este territorio desde tiempos ancestrales.
La justicia social exige reconocer las desigualdades históricas y actuar para repararlas, no ignorarlas ni relativizarlas. Porque defender los derechos conquistados por unos es, en definitiva, defender la democracia de todas y todos.
Que este nuevo ciclo nos encuentre fortaleciendo la memoria, la solidaridad y la organización. Porque honrar a quienes resistieron antes que nosotros implica asumir la responsabilidad de defender, en el presente, la dignidad y los derechos de quienes vendrán después.
Ese es también el compromiso político de Fenpruss: estar del lado de quienes luchan por una sociedad más justa, democrática, inclusiva e intercultural.
Porque la memoria no es nostalgia: es una herramienta para comprender el presente y transformar el futuro. Y porque los derechos de los pueblos originarios no son concesiones del poder ni favores sujetos a las mayorías circunstanciales: son derechos conquistados desde la resistencia y sostenidos por la convicción de que otro país es posible.
Frente a cualquier intento de retroceso, nuestra tarea seguirá siendo la misma: organizarnos, defender lo conquistado y construir, junto a los pueblos originarios, un Chile más justo, diverso y digno para todas y todos.



















