Con el arribo del solsticio de invierno, cada año renace una memoria ancestral en el corazón de los pueblos originarios latinoamericanos: es el momento en que la noche alcanza su cenit y la luz comienza, tímida pero constante, su retorno. Para quienes levantan sus ojos al cóndor andino, la carranca amazónica o el ñuke mapu (madre tierra), este instante no es solo un dato astronómico, sino un puente entre el mundo terrenal y el espíritu.
El solsticio de invierno simboliza el fin de un ciclo y el renacer de la esperanza. En la cosmología mapuche, se celebra la “We Tripantu”, el nuevo año donde la tierra se renueva y los antepasados regresan en espíritu para bendecir las semillas. En el altiplano andino, el “Inti Raymi” confirma la alianza sagrada con el Sol, dador de vida y energía. Para las comunidades amazónicas, la prolongación de la noche convoca a la reflexión comunitaria y al agradecimiento por la sabiduría de la oscuridad.
Más allá de su valor simbólico, el solsticio marca un hito práctico en el calendario agrícola, ritual y sanitario. Reinicia el cómputo de festividades, guías de siembra y recolección, y momentos de curación tradicional. Las parteras y sabios del monte aprovechan la “noche larga” para compartir saberes sobre plantas medicinales que emergen con la nueva luz. Este conocimiento oral, acariciado por milenios, traduce el lenguaje del cuerpo y de la tierra en remedios que han acompañado generaciones.
Para la sociedad no indígena, el solsticio puede ser visto como una invitación a pausar el ritmo vertiginoso y revalorar el equilibrio entre luz y sombra, descanso y acción. Reconocerlo es un gesto de reparación cultural: acoger la diversidad de miradas que nos nutren y aprender a escuchar los saberes que dialogan con la naturaleza.
Desde la mirada de Fenpruss y su pilar de Pueblos Originarios, este momento revela una deuda histórica: la interculturalidad en salud permanece con frecuencia relegada a gestiones puntuales. El solsticio nos recuerda que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino un tejido de cuerpo, comunidad y cosmos. El Decreto 21 de Chile, que reconoce el derecho a una salud con pertinencia cultural, encuentra en estas fiestas un aliado vivo: si las personas pueden celebrar su alianza ancestral con la tierra, también pueden acceder a consultas que respeten su lengua, sus rituales y sus diagnósticos tradicionales.
En cada ceremonia de We Tripantu o Inti Raymi late un llamado a las y los profesionales de la salud: mirar más allá del modelo biomédico tradicional, a integrar la sabiduría de machis, yachaks y curanderos, y a construir puentes que unan la medicina científica con los conocimientos ancestrales de los pueblos originarios. Solo así se hará real el derecho a una atención intercultural, reconociendo que sanar también es volver a encender la chispa del sol que todos llevamos dentro.



















